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Poesía para el fin del mundo

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Si supieras que el mundo se acaba, quizá te sumirías en una tristeza o un miedo paralizante, te entregarías con furor suicida a un hedonismo adolescente, o saldarías cuentas con el pasado, zurciendo errores, hilando promesas por cumplir o poniendo en orden tu mobiliario emocional. No podemos saber cómo reaccionaríamos ante lo inevitable, pero sí que lo haríamos con más serenidad que cautivos de la incertidumbre. Tememos lo que ignoramos. Ante lo certero, no hacemos planes, nos sentamos, con docilidad, a la espera de que el tiempo nos alcance. Algunos, como Mrinank Sharma -hasta ahora cosiendo algoritmos en cajas negras- lo hacen con un buen libro de poesía.  ¿Por qué ese género? Intuyo -a saber el porqué- que leer novela o ensayo es como redundar en el profano destino que te espera, subrayar su prosaica realidad. La poesía, por el contrario, te sumerge en el misterio, haciéndolo accesible, casi deseable. Lo inevitable ablanda su rígida geografía, y de la incertidumbre emerge un arc...

Lluvia tras el cristal

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Cuando una línea que es regular, disciplinada, y por ello aburrida, esperable, rompe su rutina, se hace discontinua, traviesa, disruptiva, se aventura hacia los márgenes del folio, desbordándose en sus arrabales, dejando ráfagas de tinta sobre la mesa. Cuando esto sucede, el espectador asoma con curiosidad, registrando las huellas de la transgresión, comentando con curiosidad, asombro o indignación el dibujo discorde del trazo, la osadía del autor o el misterio de la obra. Con igual o parecido impulso, salí a pasear esta tarde por Badajoz, testando los efectos del temporal sobre las márgenes del río con mis ojos y la cámara del móvil. Con la serena curiosidad del anciano que contempla demoler edificios o destripar el acerado de una calle. Hasta ahora, el temporal era un serial televisivo, radiado en la difusa ensalada de mensajes que escupen sin dirección ni narrativa las redes sociales. El impresionista paisaje revelado tras el cristal de un coche a 120 sobre la autovía. El ruido de s...

3I/ATLAS

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Del paso discreto pero juguetón del cometa 3I/ATLAS por las lejanas inmediaciones de nuestro sistema solar no me asombra su enigmática naturaleza, desafiando leyes gravitatorias y teniendo entretenidos a los físicos en busca de hipótesis verosímiles a causa de su órbita hiperbólica, su desquiciada velocidad o su excentricidad mayor que 1. Lo que sí me deja pensando largo rato es que cuando fue avistado, procedente del espacio interestelar, por el telescopio que lleva su nombre, ya calzaba entre 4.000 y 10.000 millones de años -más años quizás que nuestro propio sistema-, vagando errante, solitario, desde una galaxia lejana. Y cuando ya no esté a tiro de nuestra vista, seguirá viajando aunque su cola de cometa muera en uno o dos años, y su materia sólida pervivirá cientos de millones o miles de millones de años más. Una longevidad inefable para la mente humana, cuya percepción del tiempo viene a ser una mota de arena en el vasto desierto del universo. Cuando 3I/ATLAS desaparezca, pulver...

La nave va. La vida va

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La costumbre pesa. Aunque consumo streaming, aún sigo practicando el zapping. Hoy, recalé en Amarcord. La escena en la que el joven protagonista, por prescripción familiar, visita al confesor: ¿Sabes que San Luis llora cuando te tocas? Me hizo recordar mi primera confesión. Y la última. Hice la primaria en los Salesianos. Los curas habilitaron el cine del colegio como improvisado confesionario. Recuerdo la larga cola hasta llegar a la butaca donde el confesor me esperaba. Tus pecados, hijo. No supe qué decir. Por mucho que el sacerdote intentó sonsacarme mis veniales contradicciones de adolescente en ciernes no logró conseguir de mí media palabra. Frustrado ante lo que quizá interpretara como timidez o vergüenza pecadora, hizo el gesto acostumbrado y animó al siguiente a ocupar mi sitio. No es que yo despreciara la confesión como un acto de terapia purificadora. Lo que veía absurdo es hacerlo con alguien que no conocía ni me inspiraba respeto o admiración. Uno no cuenta sus intimidades...

Es el rostro que mira

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Traje impecable, moderno y elegante, con accesorios mínimos. Iluminación cinematográfica, con sombras suaves que enfatizan su personalidad segura. Fondo de set de estudio elegante con un degradado refinado o foco suave, dando un aspecto premium, editorial. Ambiente estiloso, de clase alta, con frescura natural, como una sesión de revista de lujo. Ningún adjetivo me define. Mi atrezo es descuidado. Carezco de elegancia, menos aún refinado, sin porte estiloso. ¿Frescura natural? Quizá si la definimos como tendencia a una agreste fachada... ¿Seguridad? Impostada. Nada hay en este prompt en el que pueda reconocerme. Y ahí está la gracia del divertimento. En la extrañeza de verme de esa guisa sin creerme capaz de embutirme en esa percha. Cuento con los dedos de una mano las veces que me vi en un papel similar. Bodas a veces, nunca bautizos y comuniones. La IA es melosa, complaciente, traviste la identidad en un juego de espejos algorítmicos. Ese no eres tú. ¿Y qué imagen lo es? A mínimo que...

Melancolía

Hace unos días, un amigo tendente a la melancolía me llamó para confesarme su estado de pesadumbre existencial ante el destartalado mundo que nos rodea. Desahogarse es sin duda un sano ejercicio cuando uno anda con el ánimo quebrado. Intenté sacarle de su jaqueca anímica con tópicos que no creo que le convencieran. En esos momentos, lo que uno busca es que le escuchen. El mero desahogo consuela. El mundo no tiene remedio, pero algo podremos hacer cada uno allí donde estemos, le dije. Pensar en global, actuar en local. Pequeñas gotas cubren un balde. Mañana verás las cosas con otros ojos. Como ya dije, inútiles tópicos de autoayuda. Cuando se me agotó la ristra de imponderables, dejé a mi amigo derramar sus palabras al otro lado del teléfono, hasta que él mismo no tuvo ya más digestión que hacer y nos despedimos con la promesa no lejana de vernos y tomar unas cañas y seguir lamentándonos por las miserias humanas y el cruel presente. Al día siguiente, en un acto no sé si de empatía con ...

Tan irreal, y sin embargo…

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A veces, cuando veo una película, pienso en lo decepcionante que sería vivir en ese universo. Esas vidas tan luminosas, heroicas o desgraciadas… Quién podría soportar tanta intensidad dramática. Adoptar el rol de cómodo espectador te salva de comprobar que detrás de tanto lirismo o épica se revela un artificio difícil de sostener si lo aplicas a la vida cotidiana. La mirada discreta, sutil, pero prometedora, de los dos protagonistas, mientras suena un vals insinuante, en In the Mood for Love, de Wong Kar Wai, llevada a término, consumada, no pasaría de mueca desventurada, gorjeo anticlímax , que a ojos de cualquier espectador mutaría todo intento de delicado romanticismo en esperpento. Es sin duda más sensato dejar las películas donde están y no intentar emularlas. Woody Allen imita a su idolatrado Bogart en Sueños de un seductor y su patetismo nos resulta tan divertido porque en la vida real es más fácil vernos reflejados en su vulnerabilidad que en la seguridad artificiosa de las es...

Baje el telón

El oficio de enseñar no es que se asemeje al de actuar, es que es un arte dramático. Cuando entro en el aula, me transformo en el personaje que cada día interpreto con una solvencia que obedece más a los años sobre las tablas que sin duda a mi limitado talento. Si en el oficio de la farándula es el espectador quien rubrica la calidad del espectáculo y la pericia del comediante, ningún docente superaría con siquiera un aprobado la despiadada crítica de los estudiantes, para quienes una clase magistral viene a ser la licencia de hacer lo que el cuerpo pida y la voluntad desee, sin sufrir hora tras hora el tormento de escuchar aquello que no comprende ni le interesa. Sabiendo el actor que el público a menudo se muestra esquivo e impertinente, no puede sino por honesta profesionalidad hacer como si tal desprecio no existiera, y seguir metido en su papel con arrebatada pasión y oídos sordos, a la espera desesperada de que el destino tenga a bien sacar a algún zangolotino de su indolente ign...

La marquesina

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No sé si es por aburrimiento o por deformación profesional, mientras hoy caminaba hacia una panadería que abre en domingo, me topé cerca de casa con esta marquesina -aristocrático y cariñoso apelativo para tan crematístico artilugio-. Paso casi cada día por allí, pero esta vez reparé en ella vete a saber por qué razón. No crea mi lector, no sin argumentos, que en lo que me fijé fue en la protagonista del cartel. Ni su leonina y prominente cabellera lubrica mis instintos, ni sé quién es, pese a que en la parte inferior izquierda se indique su nombre y apellido artístico y Chat GPT me informara con detalle sobre su exitosa carrera como cantante y actriz. Después de documentarme, sigo sin localizarla en mi archivo cultural. Cosas de boomer, diría mi hijo. Aunque le digo siempre que no soy boomer, sino de la generación X, él sigue insistiendo en que pertenezco a ese viejuno grupo en vías de extinción. Me fijé en los dos textos, en su coherencia proposicional, no en la eficacia perlocutiva ...

El jubilado

Ya, ya sé que jubilarse viene de júbilo, de esa alegría numinosa que arrebata a quien ya no se debe a agendas y reclamos laborales, y se entrega al futuro con epicúrea delectación, dando lustre a su ociosidad. En las antípodas de esta acepción del honroso término se encuentra la expresión ‘jubilar a alguien’, darle el finiquito existencial, pasar a mejor vida. Hay en ello un hálito de conmiseración, como si el júbilo no lo fuera tanto, y después de todo la vida del fiel operario compensara más de lo esperado la triste deriva del que si bien no atraviesa aún la laguna Estigia, se prepara para su inevitable capitulación. En todos a quienes he conocido que se jubilan he apreciado bajo esa diplomática y complaciente capa de felicidad una refinada impostura que adorna la agria necesidad de bajar el telón. No es que esté yo a las puertas de este último acto, pero sí siento su aliento en mi cogote, y cada año que pasa este asunto se cuela sin remedio en las conversaciones de claustro y café. ...

La vida vuelve

Este personaje es parte de una ficción. Lo sabes. Todo lector lo sabe. Asume la impostura, aunque finja no saberlo. Este personaje no existe. Aunque quisiera dotarlo de retales de mi experiencia, enmascarados de estilo, sigue siendo un personaje. No hay corazón que lata en él ni biografía que haya transitado. Te sumirás en un letargo de caricias que la prosa enhebra para tu disfrute o tu delirio, pero nada es real salvo la emoción que te atraviesa mientras lees. Por un instante, horas, suspenderás tu juicio, olvidarás quién eres. Estás dentro de mi narración, que fluye en tu interior como un sueño, y a su vez, sostienes quizá tu móvil mientras lees, sentado en un confortable sillón, o de pie, haciendo tiempo. Habitas dos espacios. En uno estás, al otro viajas. Un viaje estático solo en apariencia. A tu alrededor seres y cosas se congelan. En el relato, cobran vida, conforman al personaje y sus circunstancias. Epidermis, músculo, tejido, hueso, órganos. Las palabras se materializan, tu ...

El huevo y la gallina

En el vals genealógico del huevo y la gallina, no se sabe quién pía y quién se descascarilla. Poco importa quién nace antes, qué fue antes la causa o el efecto, lluvia o arcoíris, chiste o risa, alma o cuerpo. ¡La causa, palurdo, la causa! ¿Pidió ser causado el polluelo?, replica el padre de la criatura. ¿O fue la criatura del padre? No me acuerdo. El efecto muta la causa. ¡A su antojo!, se enoja y lleva a la cabeza sus manos. Tener hijos para esto. A la causa se la lleva el viento, y al efecto calla el tiempo, que indolente da a la gallina nuevos e ingratos huevos. Huevos que polluelos necios serán y al crecer gallinas devendrán, lamentando dar vida a huevos en potencia efecto de una causa olvidada. Ay, que en este vals avícola me perdí, y si antes algo tenía por cuerdo, ahora ya no me acuerdo. Huevo que gallina será o gallina que en huevo sus genes dejará. Rima que tanto rima que no rima. El vals marea mi cordura. Dejad que la gallina decida si de huevo nacer o de un aguacate venir a...

El apocalipsis

Antes de que le dieran el Nobel al húngaro László Krasznahorkai -lo reconozco, he copiado y pegado el apellido-, no conocía ni su nombre ni su obra. Quizá he leído de refilón algo sobre él de algún lector en redes o revistas literarias, pero no con la suficiente pregnancia como para animarme a ir a la librería y hacerme con un ejemplar. Los Nobel de Literatura vienen a ser como los tráileres cinematográficos. Ponen en primer plano películas que de otra forma permanecerían en el olvido. En este caso, seamos sinceros, funciona un cierto snobismo intelectual que el voraz lector difícilmente puede evitar. No he leído nada de ‘Krasnajorkai’ (así lo pronuncio mejor), pero en pocos días parece como si conociera su prosa. Pasa lo que con el Quijote, que de tanto oír hablar de él crees haberlo leído tres veces. La retórica sintética de decenas de periodistas literarios dibuja en trazo grueso el ethos del autor, alentando la compra. Y funciona. Miles de lectores acaban sucumbiendo, pese a los so...

El fantasma que te habla

Más allá del asombro por los prodigios de la tecnología, resulta difícil no sentir algo al contemplar el espectro animado creado con IA de mi imagen siendo niño. Tras dos o tres pases, el asombroso realismo, enfrentado con tierna condescendencia, deviene en la revelación de un sutil impostor. Creo ver el cartón piedra tras el algoritmo, un cambio artificial que desentona de la imagen original. Ese no soy yo, me digo. No fui yo, más bien.  Pero quién era yo entonces. Cualquier foto de uno mismo o de otros nos devuelve un fantasma, un espejo deformado por el tiempo, una memoria hilada a base de retales, la mayoría de las veces mal cosidos de recuerdos ajenos.  Podría pasar, así lo intuyo, que este vídeo, a fuerza de costumbre, llegase a ser para mí tan real que ya no pudiera cerrar los ojos sin imaginarme un yo-niño diferente a este que sonríe tras la pantalla. Tan sorprendente efecto pueden tener las imágenes en nuestra memoria, a quien no le importa si son o no reales, sino el...

Diane se fue, Annie queda

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Uno no lleva la cuenta de las estrellas que se apagaron. Puedes verlas rutilar en la negra noche y estar contemplando un fantasma. Están y no están, como el gato cuántico. La velocidad de la luz es similar a la de la vida. La ves pasar como el scroll en una red social. Ver y olvidar. Suerte que en el cine las estrellas permanecen congeladas en celuloide. Annie se fue y no se fue. Quien mira al cielo de la pantalla ve una estrella quizá mortecina, tal vez recién llegada. Poco importa. Brilla para nosotros, ahí y ahora, siempre. Y cada vez que lo hace trae consigo una emoción nueva. Nunca somos el mismo que habita la butaca del cine. Cada visionado nos delata. ¿Por qué me vino a la memoria esta escena? La sonrisa desinhibida de Annie. Será eso. El punctum revelador. Solo lo efímero y profano cala el tuétano. Los momentos intrascendentes nunca lo son. Diane se fue, Annie queda.