Tan irreal, y sin embargo…
A veces, cuando veo una película, pienso en lo decepcionante que sería vivir en ese universo. Esas vidas tan luminosas, heroicas o desgraciadas… Quién podría soportar tanta intensidad dramática. Adoptar el rol de cómodo espectador te salva de comprobar que detrás de tanto lirismo o épica se revela un artificio difícil de sostener si lo aplicas a la vida cotidiana.
La mirada discreta, sutil, pero prometedora, de los dos protagonistas, mientras suena un vals insinuante, en In the Mood for Love, de Wong Kar Wai, llevada a término, consumada, no pasaría de mueca desventurada, gorjeo anticlímax, que a ojos de cualquier espectador mutaría todo intento de delicado romanticismo en esperpento.
Es sin duda más sensato dejar las películas donde están y no intentar emularlas. Woody Allen imita a su idolatrado Bogart en Sueños de un seductor y su patetismo nos resulta tan divertido porque en la vida real es más fácil vernos reflejados en su vulnerabilidad que en la seguridad artificiosa de las estrellas de cine. Mientras contemplas el mundo al otro lado de la pantalla, puedes soñar despierto, pero no es muy recomendable que los personajes la traspasen, como desea la triste protagonista de La rosa púrpura del Cairo.
La vida está para vivirla. No admite rebobinados ni pausas. El arte quizá alivie el peso de los días, pero no puede sustituirlo. Veo mi reflejo en las emociones de los actores, pero es un fantasma quien me habla, devolviéndome mi propia sombra, detonando un deseo olvidado, recordándome alguien que fui y ya no está, amortiguando un pesar, rescatando voces del pasado, dilatando la voluntad, susurrándote lo que debes y no harás, dibujando futuros que no decidiste o ya es tarde recobrar.

Y esos cuerpos tan irreales, empresas exigentes y sísificas
ResponderEliminar