El fantasma que te habla

Más allá del asombro por los prodigios de la tecnología, resulta difícil no sentir algo al contemplar el espectro animado creado con IA de mi imagen siendo niño. Tras dos o tres pases, el asombroso realismo, enfrentado con tierna condescendencia, deviene en la revelación de un sutil impostor. Creo ver el cartón piedra tras el algoritmo, un cambio artificial que desentona de la imagen original. Ese no soy yo, me digo. No fui yo, más bien. 

Pero quién era yo entonces. Cualquier foto de uno mismo o de otros nos devuelve un fantasma, un espejo deformado por el tiempo, una memoria hilada a base de retales, la mayoría de las veces mal cosidos de recuerdos ajenos. 

Podría pasar, así lo intuyo, que este vídeo, a fuerza de costumbre, llegase a ser para mí tan real que ya no pudiera cerrar los ojos sin imaginarme un yo-niño diferente a este que sonríe tras la pantalla. Tan sorprendente efecto pueden tener las imágenes en nuestra memoria, a quien no le importa si son o no reales, sino el impacto emocional que provocan en nosotros. La evocación siempre es confusa, no podemos saber si asistimos a una escena que sucedió o es fruto de nuestra fogosa imaginación. 

¿Llegará a estar nuestro álbum emocional repleto de imágenes generadas con IA? ¿Se confundirán con el tiempo esas fotografías con aquellas de las que tenemos certeza de haber sido protagonistas? Sin duda. Pero ya antes de la IA sucedía ese fenómeno deformante, antes de la cámara digital, antes de la analógica, del arte figurativo, del espejo o el reflejo de nuestro rostro sobre el cristal de un río. 

Toda realidad desdoblada es un espejismo. Percibirnos a través del tiempo convierte nuestro reflejo en un espectro huidizo, una sombra que se resiste a ser definida. Eso es el arte. Un espejo con voluntad de cómico, un ingenioso farsante que nos encandila porque necesitamos ese artificio para sentirnos vivos. No nos conformamos con vivir sin más. 

Por eso, acabaremos usando la IA para todo aquello que alimente ese impulso vital, contradictorio, díscolo, arrebatador, dulce o desquiciado. Porque mal que nos pese la IA es espejo nuestro, no un ente independiente, ex nihilo. Toda abstracción lo es. Dios lo es. También la IA. Por eso, tras ese arrobo que nos produce no está de más contemplarla desde lejos, con mirada escéptica, descreída, de sospecha, declarar un sano ateísmo tecnológico. Ya Platón lo percibió tras décadas de cómoda estancia en su caverna de sombras subyugantes. No te fíes de lo que ves. Ese niño que te mira tras la pantalla no eres tú. Hace tiempo que se fue y no volverá. Lo que ves es el fantasma que te habla: ¿Me recuerdas? Tempus fugi. Carpe diem, carpe diem.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Si existe un afán

2 de mayo

No hay tregua para quien llega