3I/ATLAS
Del paso discreto pero juguetón del cometa 3I/ATLAS por las lejanas inmediaciones de nuestro sistema solar no me asombra su enigmática naturaleza, desafiando leyes gravitatorias y teniendo entretenidos a los físicos en busca de hipótesis verosímiles a causa de su órbita hiperbólica, su desquiciada velocidad o su excentricidad mayor que 1.
Lo que sí me deja pensando largo rato es que cuando fue avistado, procedente del espacio interestelar, por el telescopio que lleva su nombre, ya calzaba entre 4.000 y 10.000 millones de años -más años quizás que nuestro propio sistema-, vagando errante, solitario, desde una galaxia lejana. Y cuando ya no esté a tiro de nuestra vista, seguirá viajando aunque su cola de cometa muera en uno o dos años, y su materia sólida pervivirá cientos de millones o miles de millones de años más. Una longevidad inefable para la mente humana, cuya percepción del tiempo viene a ser una mota de arena en el vasto desierto del universo.
Cuando 3I/ATLAS desaparezca, pulverizado por un impacto fortuito, no por deterioro o vejez, ninguno de los recuerdos pasados, presentes, ni siquiera de un futuro lejano, serán recordados por quienes queden por entonces, si es que quedan. Cuesta pensar en un futuro que un reloj no pueda registrar, en un universo indolente y azaroso, silente y cruel, que ignora nuestros pesares e ilusiones. No es de extrañar que el mono desnudo que fuimos creyera que los objetos celestes son dioses sin misericordia, ajenos al ruido de los mortales, a los que hay que contener con sacrificios nunca suficientes.
Recuerdo a un amigo de adolescencia que cuando pensaba en su propia muerte decía no apenarle el hecho de dejar de existir, sino que el resto de contemporáneos siguieran vivos sin él. Irse de este mundo no acompañado era para mi amigo lo peor de no estar vivo. Supongo que con la edad comprendería -más bien aceptaría- la inevitable soledad que lleva consigo nuestra indeseable finitud. La soledad es el pago que los dioses deben pagar por seguir vivos.
Ya sé que 3I/ATLAS no es un ser auto consciente, racional y empático, y mejor que no lo sea, porque si lo fuera tales virtudes serían para él defecto y fuente de una eterna pesadumbre. Vagar por el infinito de galaxias sin poder visitar a sus inquilinos, saber que tu pervivencia depende de no impactar con nadie, contemplar el mundo desde la distancia, sin catar sus placeres… Triste 3I/ATLAS. Felices nosotros sin serlo del todo.
Cuando oigo a algunos gurús de la ciencia-casi-ficción pronosticar la prolongación de la vida humana, desconfío de sus beneficios. Cuando imaginamos una vida deseable, incluimos en el paquete una longevidad razonable en una carcasa decente. Estar sano y perseverar en el ser lo más posible. Pero vivir 300 años no debe ser nada bueno. Como mínimo requeriría un control exhaustivo de la natalidad. Importarían más los que ya están que los que vendrán. ¿Ser adolescente con 50 años? ¿Trabajar 150? La naturaleza es sabia, dosifica los sinsabores, atempera el placer, pone fecha ajustada a la caducidad.

Comentarios
Publicar un comentario