Lluvia tras el cristal
Cuando una línea que es regular, disciplinada, y por ello aburrida, esperable, rompe su rutina, se hace discontinua, traviesa, disruptiva, se aventura hacia los márgenes del folio, desbordándose en sus arrabales, dejando ráfagas de tinta sobre la mesa. Cuando esto sucede, el espectador asoma con curiosidad, registrando las huellas de la transgresión, comentando con curiosidad, asombro o indignación el dibujo discorde del trazo, la osadía del autor o el misterio de la obra.
Con igual o parecido impulso, salí a pasear esta tarde por Badajoz, testando los efectos del temporal sobre las márgenes del río con mis ojos y la cámara del móvil. Con la serena curiosidad del anciano que contempla demoler edificios o destripar el acerado de una calle. Hasta ahora, el temporal era un serial televisivo, radiado en la difusa ensalada de mensajes que escupen sin dirección ni narrativa las redes sociales. El impresionista paisaje revelado tras el cristal de un coche a 120 sobre la autovía. El ruido de sirenas a lo lejos mientras oía en casa el castalleo de la lluvia sobre la terraza. La letanía gore del magacín vespertino, deshojando desgracias. Intuía el temor de muchas familias y trabajadores, la ruina cenagosa de casas y campos, pero no las he vivido en carnes. Asistía a ello con la mirada de un empático espectador, midiendo los pasos de su asombro, impotente.

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