El apocalipsis

Antes de que le dieran el Nobel al húngaro László Krasznahorkai -lo reconozco, he copiado y pegado el apellido-, no conocía ni su nombre ni su obra. Quizá he leído de refilón algo sobre él de algún lector en redes o revistas literarias, pero no con la suficiente pregnancia como para animarme a ir a la librería y hacerme con un ejemplar. Los Nobel de Literatura vienen a ser como los tráileres cinematográficos. Ponen en primer plano películas que de otra forma permanecerían en el olvido. En este caso, seamos sinceros, funciona un cierto snobismo intelectual que el voraz lector difícilmente puede evitar.

No he leído nada de ‘Krasnajorkai’ (así lo pronuncio mejor), pero en pocos días parece como si conociera su prosa. Pasa lo que con el Quijote, que de tanto oír hablar de él crees haberlo leído tres veces. La retórica sintética de decenas de periodistas literarios dibuja en trazo grueso el ethos del autor, alentando la compra. Y funciona. Miles de lectores acaban sucumbiendo, pese a los solemnes epítetos con los que se le presenta. La literatura no está libre del conductismo editorial.
No venía yo a escribir sobre esto. Disculpe el lector este circunloquio. Aunque bien pensado, qué es la literatura sino un prodigioso ejercicio de estiramiento narrativo. Que se lo digan a Homero. Podría haberse ventilado la vida de su protagonista en un cuento corto, pero nos habría negado tanta belleza… ¿No ves? Te advertí. Ya volví a irme por las ramas. Al redil narrativo, Ramón.
Lo que llamó mi atención de la retórica ‘nobelística’ en torno a obra del autor húngaro fue que la etiquetaran de apocalíptica. Me imaginé al jurado sueco -18 miembros vitalicios con apellido de cerveza del Carrefour-, estirados como fin de mes, convergiendo por puro aburrimiento académico en otorgar el premio a un escritor escatológico, que no deja títere con cabeza, desgranando con mala baba las vilezas de la naturaleza humana, sin atisbo de más esperanza que la venganza que le otorga escribir sobre ello. Y es que la escritura -pensé- tiene algo de desquite, de ajuste de cuentas velado por una capa de travestismo narrativo. San Juan, ese del Apocalipsis bíblico, original de sucedáneos posteriores, debía ser un tipejo de cuidado.
Todo esto lo digo sin haber leído un párrafo de ‘Krasna’. Perdonen mi licencia familiar, pero a estas alturas de la perífrasis le he cogido cariño. Aunque si esto le parece a mi lector irse por las ramas, átese los carcañales y lea a László. Mis vericuetos verbales son parbulario para las que se gasta su prosa laberíntica, sin puntos ni comas, densa como puré de patatas. Más vale Ramón en mano que cientos krasznahorkais volando a libre albedrío de sus hipotaxis y parataxis kilométricas. Sudores me da de solo escribirlo.
Miento. Todo el que escribe lo hace a menudo o siempre. Es ficción, el que avisa no es traidor. Quizá un día, en un acceso de fiebre masoquista me dé por comprar un ejemplar suyo. Y quizá leerlo. No es la primera vez que me da un amago así de estéril valentía. Un relato de Foster Wallace casi lo termino. Otra vez miento. Todo sea por el estilo.
Por cierto, ¿por qué he escrito yo todo esto? A saber… Ah, sí. El apocalipsis.


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