Baje el telón

El oficio de enseñar no es que se asemeje al de actuar, es que es un arte dramático. Cuando entro en el aula, me transformo en el personaje que cada día interpreto con una solvencia que obedece más a los años sobre las tablas que sin duda a mi limitado talento. Si en el oficio de la farándula es el espectador quien rubrica la calidad del espectáculo y la pericia del comediante, ningún docente superaría con siquiera un aprobado la despiadada crítica de los estudiantes, para quienes una clase magistral viene a ser la licencia de hacer lo que el cuerpo pida y la voluntad desee, sin sufrir hora tras hora el tormento de escuchar aquello que no comprende ni le interesa.

Sabiendo el actor que el público a menudo se muestra esquivo e impertinente, no puede sino por honesta profesionalidad hacer como si tal desprecio no existiera, y seguir metido en su papel con arrebatada pasión y oídos sordos, a la espera desesperada de que el destino tenga a bien sacar a algún zangolotino de su indolente ignorancia y que en un acto de milagrosa providencia muestre empatía e interés por la prosa del atribulado, o al menos finja no fingir que la obra le interesa.
Sepa mi lector que después de haber batallado en miles de hostiles escenarios se acostumbra uno a no ceder al desaliento y ofrecer a su público, indigno o no, el mejor de las actuaciones. Afinada la voz, erguida la rabadilla, ensayada la fruncida pose, preparado el frágil atrezo, sales cada día, cada hora al solitario foso, animoso en fragor de hormonas embravecidas. No importa que el respetable desprecie la peonada mientras tú la goces. Algo quedará en esas almas que tu invisible acierto inocule en su perezosa voluntad. Y si no es así, que sea esa otra tragicomedia, la de la vida, quien les muestre su cruel escenario de infortunios. Hecha mi reverencia, baje el telón.

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