La nave va. La vida va

La costumbre pesa. Aunque consumo streaming, aún sigo practicando el zapping. Hoy, recalé en Amarcord. La escena en la que el joven protagonista, por prescripción familiar, visita al confesor: ¿Sabes que San Luis llora cuando te tocas? Me hizo recordar mi primera confesión. Y la última. Hice la primaria en los Salesianos. Los curas habilitaron el cine del colegio como improvisado confesionario. Recuerdo la larga cola hasta llegar a la butaca donde el confesor me esperaba. Tus pecados, hijo. No supe qué decir. Por mucho que el sacerdote intentó sonsacarme mis veniales contradicciones de adolescente en ciernes no logró conseguir de mí media palabra. Frustrado ante lo que quizá interpretara como timidez o vergüenza pecadora, hizo el gesto acostumbrado y animó al siguiente a ocupar mi sitio. No es que yo despreciara la confesión como un acto de terapia purificadora. Lo que veía absurdo es hacerlo con alguien que no conocía ni me inspiraba respeto o admiración. Uno no cuenta sus intimidades a cualquiera. Hacerlo me parecía una frivolidad. La intimidad debes ganártela.

Hoy, con lo que me quedo de aquel felliniano recuerdo es con el poder evocador que tiene la imagen de confesarse en un cine. Qué mejor lugar para empatizar con tu propia biografía. Que se lo digan al Totò adulto de Cinema Paradiso. El cine es el más eficaz confesionario. No necesita de mediador que certifique tu arrepentimiento o maldiga tu perjuro. Tú y las imágenes os bastáis. Nadie te absuelve salvo tú mismo en la soledad de la sala. Santo o pecador, da igual. Los personajes no te juzgan, ni tú a ellos. No conozco otro templo que tenga ese poder salvífico, salvo la literatura.
Con el sonido silenciado en mi televisor, mientras escribo estas líneas en mi móvil, hago un parón y escucho al padre de familia confesar la prodigiosa perfección de un huevo y al tío subido a un árbol, cual varón rampante, gritar: ¡Quiero una mujer! ¡Quiero una mujer! Frustrados ante la insistencia del atribulado solterón, la familia asume la surrealista demanda y le buscan una monja enana que consigue hacerlo bajar.
Si Fellini no consigue hacerte abjurar de cualquier dogmatismo, quién podrá. La nave va. La vida va.



Comentarios

  1. Hola me gustaría q los eruditos en lenguaje no emplearais palabras tan horrorosas como"streaming "zapping" etc...gracias

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Si existe un afán

2 de mayo

No hay tregua para quien llega