La vida vuelve

Este personaje es parte de una ficción. Lo sabes. Todo lector lo sabe. Asume la impostura, aunque finja no saberlo. Este personaje no existe. Aunque quisiera dotarlo de retales de mi experiencia, enmascarados de estilo, sigue siendo un personaje. No hay corazón que lata en él ni biografía que haya transitado.

Te sumirás en un letargo de caricias que la prosa enhebra para tu disfrute o tu delirio, pero nada es real salvo la emoción que te atraviesa mientras lees. Por un instante, horas, suspenderás tu juicio, olvidarás quién eres. Estás dentro de mi narración, que fluye en tu interior como un sueño, y a su vez, sostienes quizá tu móvil mientras lees, sentado en un confortable sillón, o de pie, haciendo tiempo. Habitas dos espacios. En uno estás, al otro viajas. Un viaje estático solo en apariencia. A tu alrededor seres y cosas se congelan. En el relato, cobran vida, conforman al personaje y sus circunstancias. Epidermis, músculo, tejido, hueso, órganos. Las palabras se materializan, tu cuerpo se evapora en los intersticios del texto.
La belleza genera ese efecto en quien la experimenta. Lo desnuda de sensatez. Borra tu presencia tangible. Quizá la prosa te parezca incluso más real que tu propia vida. ¿Por qué si no prestar atención tanto tiempo a signos encadenados? Lo cotidiano no nos basta. Leemos desde la insatisfacción. Un hueco solitario en el que anida un deseo.
Intuyes que hay alguien tras estas líneas. Alguien las escribió, pero ya no está ahí. Solo queda la palabra desnuda. El autor desaparece mientras lees. Solo resucita cuando lo nombras: Estoy leyendo un libro de… Comienza entonces otra ficción. La que el lector imagina sobre aquello que leyó. El personaje ya no es del autor. Se transforma en otro en los pensamientos de quien lee. Miles de personajes convergen, cada cual en un universo propio. Algunos morirán apenas finiquitas tu lectura. Su memoria se extinguirá. Otros, tras la impresión inicial, intensa pero vulnerable, se convertirán en fantasma errante, mezclados con otros personajes espectrales, eco persistente a veces, menguante otras.
Con el tiempo, apenas recordarás lo que realmente leíste. El poso que queda es confuso, un cajón de sastre, mezcla de múltiples lecturas, reales o imaginarias, y recuerdos ajenos, creídos como propios. Ficción y realidad conforman una disolución inestable, en movimiento inconstante.
Sé que lo leí, pero qué leí. Un cuadro impresionista que al alejarse torna en forma abstracta, y al acercarse, se hace familiar, comprensible. Y en cada acercamiento muta en mi memoria, se resiste a una cómoda sinopsis, me traiciona, repele mi esfuerzo por recrear lo que inútilmente desearía que fuera verdad, o al menos digerible.
No hay redención en la lectura. Tampoco consuelo. Siquiera un alivio. Al cerrar el libro, la vida vuelve.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Si existe un afán

2 de mayo

No hay tregua para quien llega