El jubilado

Ya, ya sé que jubilarse viene de júbilo, de esa alegría numinosa que arrebata a quien ya no se debe a agendas y reclamos laborales, y se entrega al futuro con epicúrea delectación, dando lustre a su ociosidad. En las antípodas de esta acepción del honroso término se encuentra la expresión ‘jubilar a alguien’, darle el finiquito existencial, pasar a mejor vida. Hay en ello un hálito de conmiseración, como si el júbilo no lo fuera tanto, y después de todo la vida del fiel operario compensara más de lo esperado la triste deriva del que si bien no atraviesa aún la laguna Estigia, se prepara para su inevitable capitulación.

En todos a quienes he conocido que se jubilan he apreciado bajo esa diplomática y complaciente capa de felicidad una refinada impostura que adorna la agria necesidad de bajar el telón. No es que esté yo a las puertas de este último acto, pero sí siento su aliento en mi cogote, y cada año que pasa este asunto se cuela sin remedio en las conversaciones de claustro y café. Me encuentro a un paso del agridulce descuento de los años restantes, que presiento con tenaz resistencia y no poca curiosidad.
No en vano, con más inconsciencia que estrategia, estos años empiezan a revelarse como una lenta recogida de velas, dejando que la nave se deje mecer por el viento más que por la obligación. Como si el cuerpo, más que el alma -a saber qué es eso-, supiera qué hacer, sin pedir permiso a los requerimientos de la razón. Difícil reto tiene, acostumbrado como estoy a planificar sin pausa mi carta de navegación. Está reñida la pugna. No hay claro vencedor. Ni prisas para otorgar el laurel.
Nunca sentí ni siento este oficio como un tedioso afán del que liberarse los fines de semana y las fiestas. No percibo una frontera entre ambas quehaceres. Enseñar viene a ser para mi una prolongación moral de mi devenir cotidiano. Envidio -bueno, en realidad miento- a quien disocia el trabajo de lo que denomina vivir. Si algún beneficio otorgo a priori a no seguir ejerciendo de profesor es la narcótica sensación de no tener que ser didáctico a todas horas. Despojarse por fin del peso del deber moral por prescripción laboral.
Al docente se le presupone una intachable presencia en pensamiento, obra y omisión, responsabilidad que si bien es razonable, no por ello tiene porqué ser siempre honesta. Una rígida impostura, similar a la que debe simular la guardia de Buckingham frente al turista accidental, que acaba agarrotando las costuras de su sana libertad y los huesos de su rígida percha.
Decía un amigo y compañero ya jubilado que cuando llegara a viejo desearía robar bancos, colarse en la fila del supermercado y maldecir a todas horas, porque la jubilación, o en su defecto la vejez, concede a quien la transita una suerte de licencia moral por misericordia. Al anciano se le permite lo que al niño porque la edad dota a ambos de un a ratos ingrato, a ratos beneficioso superpoder: la presunta condición de debilidad.
El jubilado es por definición jubiloso no por su exención laboral, sino por su connatural categoría de amnistiado moral. Puede, y debiera, adherirse con denodada voluntad y desinhibido placer al promiscuo ejercicio del más beligerante anarquismo. No hay nada más peligroso que un ocioso que sabe que va a morir más cerca que tarde.

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