Melancolía

Hace unos días, un amigo tendente a la melancolía me llamó para confesarme su estado de pesadumbre existencial ante el destartalado mundo que nos rodea. Desahogarse es sin duda un sano ejercicio cuando uno anda con el ánimo quebrado. Intenté sacarle de su jaqueca anímica con tópicos que no creo que le convencieran. En esos momentos, lo que uno busca es que le escuchen. El mero desahogo consuela. El mundo no tiene remedio, pero algo podremos hacer cada uno allí donde estemos, le dije. Pensar en global, actuar en local. Pequeñas gotas cubren un balde. Mañana verás las cosas con otros ojos. Como ya dije, inútiles tópicos de autoayuda. Cuando se me agotó la ristra de imponderables, dejé a mi amigo derramar sus palabras al otro lado del teléfono, hasta que él mismo no tuvo ya más digestión que hacer y nos despedimos con la promesa no lejana de vernos y tomar unas cañas y seguir lamentándonos por las miserias humanas y el cruel presente.

Al día siguiente, en un acto no sé si de empatía con mi amigo yo mismo me sumé a ese estado de pesadumbre, quejándome del mal estado de la educación -ejercicio habitual en este oficio-. Y mientras lo hacía pensaba en lo lamentable que debe sonar desde fuera tales congojas, por muy certera que sea la exégesis. Al final, mi desahogo no solo no me consoló, sino que me fui con una triste sensación de haber amargado a mis interlocutores con mis estériles desolaciones.
Es paradójico, aunque si lo miras bien también comprensible. Soy optimista en mi trabajo, voluntarioso hasta la extenuación, lo que inevitablemente deviene en breves instantes de desaliento que equilibren el delicado contraste entre la realidad y mi alegre motivación. La pesadumbre es como la válvula de presión de una olla. Cómo si no mantenerse cuerdo en esta y otras trincheras. Quejándose. No con la infructuosa intención de solucionar nada, sino por salud mental. Mientras te quejas, desatornillas tu intento de hacer encajar lo imposible en tus expectativas, y de paso liberas el estrés que genera la contienda diaria. Más tarde te compadeces de la paciente cobaya que aguantó tus lamentos, sin arrepentirte, eso sí, de haber sido tú el germen de su penitencia. Después de todo, mañana serás tú quien resista el derechazo de sus angustias, asintiendo con fingida empatía o quizá uniéndote al festín de su sano escepticismo.
No hay nada como sentir ese fugaz desaliento que te devuelve con renovado ánimo al irracional universo que transitas. Esa prosaica terapia basta para volver con alegría a tu papel secundario en este profano sainete.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Si existe un afán

2 de mayo

No hay tregua para quien llega