Fui un niño de diccionario

Fui un niño de diccionario. Primero, ilustrado, temático, de esos cuadrados, que caben en una mano. Después, de los que no tienen dibujos, todo terreno, que llevaba a clase cada día junto al estuche y los cuadernos. Consultaba una palabra y otra más emergía, desconocida, para mi asombro. Cuanto más leía y observaba a mi alrededor, más palabras emergían para ser descubiertas. Era agotador. ¿Cuántas palabras contiene el mundo? ¿Todo lo conocido y existente cabe en un diccionario?

Cuando aprobé las oposiciones, me regalaron el María Moliner, los dos tomos austeros, de lomo negro y blanco. Los consulto menos de lo que debiera. Con la edad uno cree haber agotado las palabras que necesita para vivir, hasta que una más aparece, en una lectura, una conversación, y se acopla como un mecano al resto de las que aprendiste por el camino. Quien no lee y no vive, no tiene palabras con las que narrar lo leído y vivido. Vivir para contarla.
Ahora que lo pienso, las palabras han tenido en mi vida casi más importancia que las cosas tangibles. Me proporciona más placer narrar lo comido que comerlo. La ficción proporciona un gozo que trasciende la mera contemplación silenciosa. Resumiendo, hablo por los codos. La culpa no es mía, lo es del diccionario. Moliner es en parte responsable de mi incontinencia verbal, mi querencia por las palabras.
Neuman titula y precede su libro con una cita de la propia Moliner: “A veces escribo una palabra y me quedo mirándola hasta que empieza a brillar”. Quien ha leído y disfrutado con ello sabe bien lo que esconde esta frase. Hace falta tiempo, silencio, para que el sentido emerja de las palabras. A veces ni siquiera una vida entera es suficiente para que uno se entere de lo que quieren decir algunas. Pero cuando brillan, no hay alegría mayor.
Me viene ahora a la memoria aquella escena de la película El milagro de Ana Sullivan, cuando la niña descubre la relación entre la palabra agua y el agua que moja y refresca. Desde ese día descubre que nunca volverá a estar sola. El mundo se abre ante ella. Desconocer palabras es como habitar una cárcel invisible, reducir tu mundo a una caja desolada. Quizá por esto los docentes de Humanidades insistimos a los estudiantes que lean, no como una gimnasia pasiva, sino como una ampliación de su mirada, un deseo de descubrimiento, el placer de viajar más allá del espacio conocido. Volver sin prisas a Itaca.


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