Casa ajena
La casa ajena es una novela. Abrir sus puertas es desplegar una primera página a un tiempo suspendido que nos habla. A mínimo que observemos con atención, los detalles revelan historias de sus moradores a las que añadiremos con imaginación nuestra propia mirada, hilando una trama a través de las huellas de dejan sus objetos.
Que no te engañe la inerte disposición de las cosas. Cada una contiene en sí misma y en relación con su contigua un relato fascinante, mezcla de aquello que ellas cuentan y las sutiles emociones que nos suscitan. Aunque creas ingenuamente que el primer día que entras en una casa es el que cuenta, y el resto de visitas tu atención se vuelva vaga y descuidada, prueba a releer el espacio y sus objetos, los leves cambios de colocación, ese libro que ya no está o ha sido sustituido por otro, una reforma de mobiliario, la subjetiva acumulación de cosas y su caótica composición, que al principio no entendemos, pero que con el peso de la costumbre asimilamos como identidad de su inquilino.
La casa ajena es un viaje. Tras la ventanilla desfilan seres vivos, naturaleza errante, una fugacidad evocadora que trae a la memoria nuestro propio escenario de deseos. Nadie experimenta la misma odisea, aunque el itinerario sea idéntico. Extrañeza y cotidianidad conviven en esa habitación extranjera. Buscamos en el espacio objetos reconocibles, que alivien nuestra sensación de alerta. Pero solo aquello que nos es extraño deja huella en el viaje. Pide que sea largo, lleno de aventura, y desconocido.
(La imagen es una recreación de mi estudio generada con IA)

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