Como lágrimas en la lluvia
Supongo que será por la edad o la impronta generacional, pero sea por la razón que sea, esta experiencia de cine se me antoja indeseable. Para cualquier adolescente Zeta o Alfa, sin duda esta oferta le resultará atractiva. Acostumbrado a “consumir” cine en casa, elegir oferta, cuándo parar, adelantar o dejar la película, si comer o no, hablar o mirar el móvil, el cine-sofá le parecerá una apetecible imitación. Por qué si no abandonar las comodidades del hogar y de una asequible tarifa plana para vestirse, desplazarse y pagar más de lo que cuesta disfrutar de un mes de pelis y series. El valor añadido para estas generaciones es emular la escenografía reconfortante del salón familiar.
Lo entiendo. Seguro que pensaría igual si tuviera hoy 16 años. Pero no lo comparto. Mi experiencia con el cine es otra bien diferente. La sala oscura compartida, el silencio sagrado, la luz prodigiosa sobre la pantalla, la liturgia profana de ver y escuchar juntos imágenes en movimiento, el paciente visionado de los créditos finales, la salida procesional al exterior. Sentir que la realidad fuera de la sala era más irreal que la ficción, y que era ésta quien nos abría la puerta a una nueva percepción del mundo y de nosotros mismos. No solo era (es) una experiencia estética; sin duda el carácter litúrgico del acto de “ir al cine” era ya en sí una ética, una forma de vivir.
Lo es también la liturgia del streaming. Amolda sustancialmente los biorritmos del feligrés cinéfago a una forma de vivir el tiempo similar a la que experimenta en su paseo diario por las redes sociales. Inmediatez, hipervínculo, elección. A ojos de la generación X, distracción, comodidad, incapacidad de concentración y silencio. Ellos, los nuevos espectadores, asienten a esa descripción, pero no la interpretan como defecto o limitación. La aceptan, como también nosotros, los talludos cinéfilos, nos amoldamos a aquella otra experiencia, vivida como cierta e inexpugnable. Dentro de 30 años, también ellos recordarán su experiencia con el cine con numantina nostalgia, echarán de menos el viejo streaming, superado por nuevas innovaciones. Cine virtual inmersivo, libre elección de tramas gracias a IA, sensores de empatía en nuestra piel… Quién sabe la linde que tomará el futuro, pero lo cierto es que será otra bien diferente a lo esperado. El eco de lo vivido se desvanecerá en el tiempo, como “lágrimas en la lluvia”.

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