Cónclave
La cámara sigue los pasos de un sacerdote. Unas notas rasgan fugazmente el silencio con intrigante austeridad. Los pasos conducen a la cama del pontífice recién fallecido. El dueño de esos pasos es el cardenal Thomas Lawrence, decano del Colegio Cardenalicio, encargado de liderar el cónclave que elegirá nuevo Papa. Un martillo de plata rompe el Anillo del Pescador, asegurando que no pueda ser utilizado para validar documentos. La escena se toma su tiempo. Todo es ceremonioso y sucede en silencio, silencio que vuelven a romper unas cuerdas rasgadas, de una dolorosa insistencia. Solo las lágrimas del cardenal trasgreden la fría serenidad del ritual. Por esas lágrimas sabemos que estamos ante un hombre bueno.
Cónclave prosigue en ese tono pausado, de una litúrgica narrativa que recuerda al cine político de los 70. Lo que en ese caso movía los oscuros resortes internos de poder era la elección de un presidente. Aquí lo que está en juego es la elección de un nuevo pontífice. Mismo vino en odres diferentes. La tensión contenida, los movimientos de ajedrez de cada candidato, las miserias tras la capa de cordialidad y falsa humildad, se van desvelando a lo largo del metraje con milimétrica pulcritud. La sombra de Hitchcock es alargada.
Hasta aquí el relato se mueve con firme eficacia en las fronteras del género, con aséptica pulcritud. Pero más pronto que tarde un cierto aroma de medido didactismo se asoma en la trama para imponerse en una coda inesperada que subraya la lección moral frente al mero ejercicio de suspense. Es aquí donde el relato se debilita, exigiendo del espectador una empatía más tejida de sorpresa que de equilibrado pulso narrativo.
El subrayado de los sucesos violentos más allá de las paredes del cónclave no aporta nada a la historia, más allá de dar sustento al discurso hiperbólico del candidato italiano, xenófobo y conservador, frente al discurso liberal de otros aspirantes a pontífice, en sentida defensa de la duda y la diversidad. Es aquí donde la trama trasciende su carácter referencial para convertirse en una metáfora bifronte de la política contemporánea, con la defensa de un catecismo cultural nada disimulado, que aleja a la película de las lindes del género en el que a mi juicio ofrecía un cine mayúsculo. Hay trampa de tahúr en la forma de presentar el truco final. Su carácter sorpresivo, sin anclaje en la estructura de la narración, más allá del cuento moral pretendido, lo desliga del tono negro, de cadenciosa disección detectivesca, que hace de Cónclave un noble ejercicio de cine clásico. Su moralidad bienintencionada es naif, pese a pretenderse subversiva.
Por lo demás, Cónclave es una película disfrutable. Posee una puesta en escena y fotografía deliciosas, con decenas de fotogramas enmarcables. Pero sin duda lo que levanta la película y la ennoblece es la interpretación de un Ralph Fiennes portentoso, sosteniendo con maestría cada plano corto. Un prodigio.
Debo confesar que hasta la fecha, mis dos propuestas preferidas de trama vaticana, por razones diferentes, son El Padrino 3 y la serie de Sorrentino, El joven Papa. El resto se mueven en el territorio de la denuncia más o menos explícita y, pese a su evidente valor ético, carecen a mi juicio de interés cinematográfico. Salvo de la quema la divertida Habemus Papam, de Moretti.
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