Algo más que indolente geometría

Uno lee porque disfruta, y disfruta a libre albedrío. Qué gozo no es libre. Qué gozo puede alcanzarse cautivo y obligado. Leer es gratuito, no obedece, es caprichoso y desleal, voraz y ermitaño, promiscuo y célibe. No se lee sin estar preparado para abandonar el libro sin remordimientos o entregarse a él sin mesura. La belleza no hace prisioneros, fustiga el corazón como un cruel vendaval.

Esa inefable sensación de arrebato me sucede no solo con un libro. Siento igual placer en una sala de cine. Incluso en el gibarizado encuadre de una tableta me emociono al oír los primeros acordes de una película o aprieto la epidermis a la tela del sillón cuando el protagonista desface entuertos, aún sabiendo que su devenir acabará bien y que lo único real de ese rato agridulce es mi entrega inocente a la ficción. Que todo se desvanecerá en la niebla del tiempo excepto ese instante suspendido en el que soñamos despiertos, o más bien despertamos del sueño de la realidad, arribando la costa de lo posible.
No hay ética sin estética. Difícil puede caber en un alma embrutecida el aliento de lo justo. Difícil sin mediar lo bello, sin sentir la trascendencia profana de las cosas. Sin ver en la línea de un horizonte algo más que indolente geometría.

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