Vuelvo a Comala
Vuelvo a casa en tren. También vuelvo a Comala. Ya estuve en ese yermo. Hace mucho. Por entonces no me pareció tal desértico y hostil. La juventud huye de la canícula. Eso creo. Poco recuerdo de Pedro Páramo, del Pedro Páramo de entonces. Los libros son otro libro al volver a leerlos porque tú también eres otro tú.
Llevo pocas páginas. Intenté leer más, pero unos jóvenes ríen y levantan la voz dos asientos detrás de mí. Bajan la voz. Retomo el libro. Vuelven a berrear. Parecen divertirse. Dejo de leer. Desisto. Próxima estación: Mérida. Creo que se bajan aquí. Quizá pueda leer media hora. Perdí el ritmo. Comala es celoso, pide silencio, dedicación. No se bajan en Mérida. Dejo el libro en la mesilla plegable. Escribo estas letras.
Pese al ruido de fondo, me concentro más cuando escribo que cuando leo. En la lectura, honras a otro que no eres tú, exigiendo exclusiva escucha. El traqueteo del tren desplaza mi dedo sobre el teclado. La letra efe torna en ache, la ache en jota. Y en ese juego de pillar letras pienso qué decir y me desdigo.
Miro de reojo el libro sobre la mesilla. Mañana volveré a Comala. Siempre te espera, espectral. Sus fantasmas perduran. Todos los fantasmas. También los nuestros.
Badajoz queda a quince minutos.
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