De dos en dos

Mi amigo Emilio evoca esta mañana la icónica escena de Banda aparte y la hago mía. Me trae a la memoria la imagen de los alumnos corriendo por los pasillos del instituto, y nosotros, celosos bedeles de museo, reprimiendo su osadía. En homenaje, a veces yo mismo subo a galope, de dos en dos peldaños, las escaleras de caracol de uno de los edificios de mi centro. Más de una vez con efectos indeseados y risas del alumnado. Me imagino a Odile, Arthur y Franz emulando 30 años después su carrera, exhaustos pero felices. A menudo los centros educativos son como museos donde exigimos una mirada fija, cuerpos inmóviles, gesto inhibido. Incluso correr es una tarea reglada, una competencia oficial, y no una necesidad que desoiga la sensatez de las normas, la tediosa escenografía de los días, las horas. A veces quisiera que los estudiantes, en un acto de desatada lucidez, corrieran, deshinibidos, los pasillos, se subieran a los pupitres, gritaran de alegría, saltándose el renglón marcado. Dijeran no, hasta aquí llega mi aguante de docilidad, mi entrega a esta rutina autoinfringida. Solo quiero ser bañado por el sol, batir los brazos, desplegar piernas y correr. Correr hasta que recuerde que no había razón para hacerlo, dioses ni hombres que lo impidieran.


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