Una frágil barcaza en la tempestad

Viendo en Movistar Las mujeres de la ultraderecha, pensaba en uno de los temas recurrentes en las charlas docentes: la sensación de que los jóvenes que vemos pasar cada año ante nuestros ojos parecen sentirse cada vez más cómodos con discursos que hace una década eran insólitos y que remiten a tiempos pasados, donde los roles de género estaban asignados por la costumbre o la fe religiosa y las creencias se asumían como dogma incuestionable, ajeno a la crítica y la pluralidad democrática.  

Este documental retrata el relicario de ideas conservadoras de un conjunto de influencers muy jóvenes, que predican con enorme éxito mediático su catecismo regresivo a favor de la mujer sumisa, ama de casa devota, madre protectora, haciéndole la cama a grupos de presión de cierta pelambrera ideológica. Pero paradójicamente lo hacen con un estilo empoderante, como si con ello asumieran un reto innovador y progresista, mezclado con el hedonismo autocomplaciente que brinda tener una voz aclamada por millones de likes. Hay en su discurso un tanto de pose impostada, de narrativa artificiosa, alimentada por una necesidad identitaria y una sobre exposición emocional. Éxito social y discurso oscilan en la misma frecuencia. Ignorancia auto infringida, complaciente. 

Aquella transgresión de moda que en los años 60 era de izquierdas hoy la hacen suya discursos reaccionarios de ultraderecha. Lo conservador es cool porque la progresía de izquierda se interpreta a ojos de la juventud como mera rutina, discurso hueco, palabra sin aliento, catecismo decadente. Transgresión como regresión. Sienten que la narrativa de sus padres y abuelos es obsolescente, que las categorías que poseía aquel mundo del ayer carecen de significado en el mundo de hoy. La inestabilidad vital que produce un capitalismo en demolición se cataliza a través de la búsqueda de espacios seguros que conservar desde el microcosmos protector de la familia y otros imaginarios resignificados a partir de categorías creídas extintas, pero latentes. La esperanza, entre tanta zozobra, de adherirse a algo que no cambie. Una frágil barcaza en la tempestad, pegada al rayo que la aniquila. 

Lo veo a diario en los debates de aula. Escuchan con escepticismo los códigos morales y estructuras sociales que defienden los adultos. No los cuestionan, solamente los obvian. Hay un vaho de desprecio silente en su postura pasiva. Como si habitaran un espacio y tiempo ajenos al devenir adulto. Como si todo les fuera ajeno, extraño. Esta semana debatíamos acerca de la creencia en el destino. Un 80% cree en él, sienten que fuerzas ajenas a su voluntad dominan su devenir. El ‘déjà vu’ es física clásica ante sus ojos, paramnesia colectiva. El eco del pasado como refugio.


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