Otoño
Nos incomoda apreciar las inclemencias de la realidad. Alivia y consuela situarnos en una percepción amable de los hechos. De no hacerlo, una aciaga tristeza se adueña de nuestra voluntad, paralizando el deseo. Es difícil lidiar con la verdad, siempre compleja y arisca, alérgica a simplificaciones, resistente a lecturas complacientes. A contraviento de nuestro empeño, los cambios de estación obligan a mutar el pelaje del alma, la ponen ante el espejo del tiempo, enemigo de poéticas de facilona compostura. Sabia naturaleza, que acopla sus estaciones al inexorable ritmo de nuestro cuerpo y emociones. Del exultante optimismo de la primavera, desenfrenado, soberbio en la pirotecnia del verano, pasamos en un suspiro al sereno otoño, que invita a replegarse, a la espera de un invierno benévolo. Invierno que aunque crudo finito es, como también lo es la dulzura de toda primavera.
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