Desde la dermis enloquecida de los algoritmos
Una compañera pregunta dónde llevar una enciclopedia de la que quiere desprenderse, supongo que por desuso e inútil ocupación de espacio. Su petición me hizo pensar.
Por mucho que los docentes nos resistamos a la digitalización, su impacto acaba alcanzándonos. Lo que antes considerábamos razonable, deviene en aplastante contradicción, asumiéndola sin remedio. Los adultos ya no escribimos cartas, enviamos guasas. Ya no llamamos por teléfono, grabamos audios. Ya no consultamos tirando de enciclopedia, entramos en la Wikipedia o preguntamos a Chat GPT. La misma ola que surfean a placer los jóvenes, zarandea con furia a los adultos. Adultos que vivieron en primera fila esta indolente transformación de hábitos. Se fueron a dormir plácidamente con enciclopedias y se despertaron con la resaca de la IA.
Como reza el poema de Dylan Thomas, los adultos no entran dócilmente en esta buena noche. "Que al final del día debería la vejez arder y delirar. Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz". Nos resistimos con ahogado lamento de la coda de un tiempo que languidece, y del que somos sin quererlo resilientes testigos y a su vez cómplices.
Queda sin embargo un hálito de aquello que fue, esa fría noche no nos sume del todo en su negrura de esperpentos. Jóvenes y adultos aún prefieren leer en papel, como si un atávico conjuro nos asiera con indomable determinación a su misteriosa ontogénesis. El mono desnudo que fuimos, que somos, supura desde la dermis enloquecida de los algoritmos.
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