Si existe un afán

Si existe un afán del que sabes a ciencia cierta que no saldrás victorioso, ese es el de comerte un hojaldre sin dejar huella de tu hazaña. A mínimo que tus labios se posen sobre la mullida superficie, la delicada arquitectura de láminas se desmenuza entre tus carrillos, y cuanto más intentas infructuosamente impedir con la otra mano que las migajas no se diseminen a su antojo, más se esparcen ellas a libre albedrío, ajenas a tu torpe voluntad.

Y si no fuera esto suficiente, a las minúsculas virutas de hojaldre se suma el glaseado, que se disemina por tu ropa, el suelo y allá donde le plazca. No tarde te das cuenta de que es absurdo luchar contra lo imposible, y resignado te entregas con infantil deleite a tu cometido de engullir sin prisa y con pausa las crujientes láminas que restan, sabiendo que tras la escaramuza te espera el arduo recuento de migajas, y que da igual lo meticuloso que seas, siempre quedarán algunas escondidas, que horas después descubrirás y harán recuento de ellas la yema de tus dedos y el quicio de tus labios.



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